Literatura

Murió Mario Vargas Llosa y, con él, una era: la del ‘Boom latinoamericano’

Muchas veces, enterarse de la muerte de una figura pública genera sensaciones inesperadas en las personas. Una sensación de pérdida de un ícono, de alguien que era importante y que ya no estará más. Y, a pesar de que seguramente el común denominador de la sociedad actual no le haya prestado atención al asunto, justamente el pasado 13 de abril la humanidad perdió a un símbolo con todas las letras: Mario Vargas Llosa.

Seguramente muchos ni se hayan enterado de su deceso. O probablemente muchos sí se hayan enterado, pero no le dieron demasiada importancia. ¿Por qué? Pues porque no era un político, un músico o un deportista, sino un escritor. Un escritor de los de antes, de esos que a través de su literatura reflejaba la idiosincrasia y las problemáticas tanto de su amado Perú como de Latinoamérica en general.

Vargas Llosa nació en Arequipa el 28 de marzo de 1936 y ya desde muy pronto, a sus jóvenes veintiséis años, empezó a conseguir notoriedad debido a sus obras: primero con La ciudad y los perros (1962), a través de la cual ganó el Premio Biblioteca Breve y el Premio de la Crítica de narrativa castellana; y más tarde con La casa verde (1966), gracias a la cual obtuvo el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, el Premio de la Crítica de Narrativa Castellana y el Premio Nacional de Cultura.

Vargas Llosa recibiendo el Premio Cervantes en 1995. Foto: Europa Press.

Esas dos laureadas obras fueron las primeras en cimentar un bibliografía que, al momento de su muerte, se halló engrosada por más novelas, cuentarios, obras de teatro, ensayos, memorias y publicaciones periodísticas. Sin embargo, y a pesar de ser un prolífico escritor apasionado por la escritura que escribió hasta casi el último de sus días, Vargas Llosa destacaba no por su cantidad, sino por su calidad.

Puede que el más prestigioso de los literatos del Perú no haya sido un genio en su arte, pero sus obras tenían cosas que contar. Vargas Llosa recurrió a la literatura como una herramienta de catarsis a través de la cual retratar un sinfín de situaciones de su vida cotidiana, como su terrible experiencia en el Colegio Militar Leoncio Prado (La ciudad y los perros) o el polémico matrimonio con su tía Julia Urquidi (La tía Julia y el escribidor). Lo interesante del caso es que Vargas Llosa nunca intentó camuflar esas aventuras propias a través de sus personajes, sino que las alusiones a su vida personal fueron encaradas con orgullosa decisión.

Las experiencias personales del arequipeño no sólo se reflejan a través de narraciones que describen retazos de su vida privada, sino que también se evidencian en todos aquellos relatos que le cuentan al lector la identidad propia de su país natal. «¿En qué momento se jodió el Perú?», se preguntó Vargas Llosa a través de Conversación en la catedral (1969), la novela que el propio autor escogió como «la única a la cual salvaría del fuego» y que potencia esos sentimientos que se ven reflejados en muchas de sus otras creaciones literarias: el amor y la preocupación por su patria, a la cual decidió volver tras décadas de un exilio autoimpuesto que decidió quebrantar cuando supo que la muerte se encontraba a la vuelta de la esquina.

Vargas Llosa recibiendo el Premio Nobel de Literatura en 2010. Foto: Reuters.

Esa presencia constante del Perú en su literatura, sumada al contexto histórico de la región y a la explosiva notoriedad que adquirió en poco tiempo, posicionaron a Vargas Llosa como uno de los exponentes de lo que se dio a conocer como Boom latinoamericano’. Se trató de un fenómeno editorial que se produjo en distintos países de Latinoamérica a lo largo de las décadas del 60 y del 70 del siglo pasado, y que aglutinó a destacados autores como el argentino Julio Cortázar, el mexicano Carlos Fuentes y el colombiano Gabriel García Márquez. Ellos cuatro, junto a muchos otros más, representaron a través de su literatura las problemáticas de sus naciones, que se dieron a conocer a lo largo y ancho del globo gracias a la apuesta que hicieron por ellos prestigiosas editoriales europeas.

A través de esa vidriera que representaron las grandes editoriales en su vida, Vargas Llosa introdujo al mundo entero su literatura, que, además de los siempre presentes tintes políticos, se caracterizó por un particular desenfado en la narración. Al leer al autor peruano, el lector puede imaginarse a un narrador que habla sin parar y que mezcla un sinfín de historias que, al juntarse, forman el relato principal de la obra.

La vida de Vargas Llosa, que se extinguió el pasado abril, cuenta con material digno de una película. Porque además de ganar premios cuando era tan sólo un jovencito intrépido, el oriundo de Arequipa obtuvo el Premio Cervantes, que es el máximo galardón concedido a la literatura en español, y el Premio Nobel de Literatura, un logro que sólo han conseguido seis hispanoamericanos. Como si todo eso fuera poco, también fue el primer hispanoamericano en convertirse en académico de número de la Real Academia Española —ocupó la seilla ‘L’— y el primer escritor de habla hispana que ingresó en la Academia Francesa, algo que no sólo implicó para él un éxito profesional, sino también un sueño cumplido por ser un declarado apasionado por la literatura francesa.

Sin dudas, al repasar la trayectoria literaria de Vargas Llosa se encontrarán análisis acerca de cuán rico fue su aporte a la historia de la literatura y seguramente la comparación con las obras de Gabriel García Márquez —de quien fue un gran amigo antes de distanciarse por diferencias políticas— será una constante. Puntos de vista habrá muchos y serán variados, pero lo que es cierto es que, con su muerte, se terminó definitivamente una era en la cual los escritores latinoamericanos eran verdaderos intelectuales que plasmaban a través de sus obras las complejas y conflictivas realidades políticas y sociales que caracterizaban a sus amadas patrias. Y eso, más allá del estilo literario en sí, ya es un legado enorme para la posteridad.

Imagen destacada: El Periódico.

Periodista y escritor. Me gusta contar historias.

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