Marrakech, una ciudad que despierta sensaciones ambiguas
Marruecos, que acaba de organizar la Copa África 2026 y que será uno de los anfitriones del Mundial 2030 junto a España y a Portugal, se encuentra apostando fuerte por el turismo. De hecho, tan es así que durante el 2025 el país africano alcanzó un récord histórico de ingresos correspondientes a esa industria (más de 12 millones de euros). Y, dentro de todos los destinos que aportaron su granito de arena para el crecimiento turístico marroquí, se encuentra Marrakech.
Con casi un millón y medio de habitantes y una superficie de 230 km2, Marrakech es una de las ciudades más importantes de Marruecos. Conocida como la «ciudad roja» debido al color de los materiales con los cuales son típicamente construidos sus edificios, la metrópolis ubicada prácticamente en el centro del país cuenta con varios atractivos que la hacen merecedora de una visita. Sin embargo, es necesario decir que, si el visitante proviene de Occidente y no está avezado en culturas muy distintas a la suya, puede que reciba un golpe cultural de proporciones considerables.




LA ARISTA MÁS BONITA: LA ARQUITECTURA, LOS COLORES Y LA GASTRONOMÍA
Sin lugar a dudas, la arquitectura antigua de Marrakech es lo más sobresaliente de una de las tantas ciudades imperiales marroquíes. Para quien haya estado antes en Andalucía, Marrakech le resultará una especie de paraíso repleto de distintos elementos caracterizados por la arquitectura del antiguo Al-Ándalus que también está presente en el sur de España. Así, y sólo por citar algunos ejemplos, en Marrakech se podrán encontrar edificaciones magníficas como el Palacio de la Bahía o la Medersa Ben Youssef, que brillan gracias a los llamativos colores de sus azulejos y también gracias a las fuentes que decoran sus patios.
Sin embargo, si hablamos de colores y de patios es imposible dejar de lado a los distintos jardines marrakechíes, que se tornan necesarios ante la fatiga producida por el caluroso clima de la ciudad y, sobre todo, ante el acoso constante de los vendedores y de los oportunistas callejeros. En este rubro resaltan El Jardín Secreto, que está ubicado en pleno zoco y que cuenta con una interesante historia de restauración de fondo, y el Jardín Majorelle, que se encuentra un poco más alejado del centro de la ciudad pero que cautiva completamente con la refrescante combinación de los distintos colores que decoran sus edificaciones internas y sus plantas.
De todas formas, la magia de los colores no termina allí. Porque el ya mencionado zoco se destaca por el caos derivado de la inmensa cantidad de gente y de los hábitos de sus comerciantes, pero también por la explosión de color que allí se puede encontrar. Chilabas, caftanes y babuchas; dulces, especias y jugos naturales; lámparas, alfombras y tajines. Todo eso y mucho, pero muchísimo más, se puede hallar en un zoco atiborrado de comercios que ofrecen un sinfín de productos que se distinguirán unos de otros por un brillo que hará de cada sector y pasillo un espacio singular.
Y, por último, dentro de las bondades que caracterizan a Marrakech se encuentra la gastronomía. El tajín, el cuscús, la pastilla o los bocadillos callejeros son algunos de los tantos platos típicos (dotados de generosas cantidades de las especias propias del lugar) que se podrán degustar en diferentes zonas de la urbe, que ofrece —al igual que en otros rubros— unos precios asequibles que hacen que la experiencia sea aún más gratificante. Por otra parte, no hay que olvidarse de otros dos componentes gastronómicos relevantes: el té, que suele servirse en teteras y bandejas de plata y que puede probarse de distintos sabores, siendo el de menta el más tradicional; y los jugos naturales de frutas, que se encuentran por doquier en el sinfín de puestos ubicados en la Plaza de Jamaa el Fna y que son tan refrescantes como económicos.
















EL COSTADO MÁS DIFÍCIL: EL BULLICIO, EL REGATEO Y LA ALERTA CONSTANTE
Sin embargo, no todo es color de rosas en la ciudad situada al pie del Atlas. Porque, a pesar de que muchos digan que es la ciudad ideal para adentrarse en tierras magrebíes (por ser una de las más turistificadas y «occidentalizadas» de Marruecos), las diferencias culturales por momentos pueden ser abrumadoras.
Tal vez la medina en general y el zoco en particular sean los lugares más representativos del caso. Porque allí, debido a la abundancia de comercios y a la enorme cantidad de turistas, es donde más se suelen manifestar todas esas costumbres que pueden resultar extrañas y difíciles de llevar para alguien que no está habituado a ellas. Tener que negociar por todo para evitar pagar de más; ir con cuidado de no tocar nada de lo expuesto sin permiso para luego no tener que pagar por ello; no aceptar té ofrecido por los comerciantes, excepto que se deje en claro que es gratis para que luego no haya malentendidos; o no poder pararse en ningún lado tranquilo sin que alguien se acerque para ofrecer orientación a cambio de dinero. Esos son sólo algunos de los tantos ejemplos que ilustran aquellas situaciones que, al final del día, pueden dejar al visitante exhausto.
Si bien eso se aprecia más dentro del zoco, fuera de él no deja de ser una realidad. Así, dentro de la medina —donde la marginalidad está implícita a través de la gente que pide dinero por las calles o de las violentas reyertas que se producen durante las noches entre vecinos— también habrá que tener la guardia alta para no lucir perdido o para negociar los precios, siendo esto último algo que también ocurre en las afueras de la medina, donde particularmente los taxistas podrán verse tentados de cambiar las reglas del juego pactadas con antelación.
Por otra parte, huelga decir que la alerta constante también debe activarse para otra cuestión: el contacto físico. A pesar de que, como se mencionó anteriormente, se considera que Marrakech es más abierta que otras ciudades marroquíes por estar acostumbrada al turista extranjero, hay que tener en cuenta que la cultura del país es radicalmente diferente a la de Occidente. Y es por eso que, si se va en pareja, hay que tener especial cuidado con las demostraciones físicas de afecto, que pueden ser mal vistas e incluso señaladas por los locales, quienes podrían tildarlas de indecorosas.













LA POSIBILIDAD DE UNAS INTERESANTES ESCAPADAS FUERA DE LA CIUDAD
Independientemente de los interesantes condimentos propios que sin lugar a dudas hacen meritoria la visita a Marrakech, también es posible realizar escapadas igual de interesantes fuera de sus límites.
Una de ellas es a la ciudad de Essaouira (Esauira en español), que se encuentra a aproximadamente tres horas en autobús de Marrakech. Situada en la costa oeste marroquí y bañada por las aguas del océano Atlántico, la pequeña urbe cuenta con un zoco pintoresco y lleno de vida que, sin embargo, ofrece una calma necesaria para descontracturar del frenetismo marrakechí.
Y la otra es al desierto de Zagora, donde se puede pasar la noche contratando los servicios de algunas de las varias empresas que van hacia allí (como, por ejemplo, Civitatis). Si bien este desierto no es tan popular como el de Merzouga (que es el típico desierto de dunas que seguramente todos tengamos en nuestra imaginación), la experiencia es única y definitivamente vale la pena. Porque, además de comer comida típica, tocar música bereber alrededor de una hoguera y deleitarse viendo las estrellas sin la contaminación lumínica de la ciudad, también se podrá disfrutar de todo lo que hay en el camino, desde llegar a las tiendas en medio del desierto montado en un dromedario hasta vislumbrar el árido paisaje que se atraviesa hasta llegar a destino (incluyendo el pueblo Ait Ben Haddou, donde se filmó la película Gladiador).









Más allá de todo aquello que pueda resultar abrumador, la visita a Marrakech es una experiencia a vivir. Porque es un lugar particular y muy distinto a lo que conocemos en Occidente, algo que resulta enriquecedor porque de las diferencias, de una forma u otra, siempre se aprende.
Imagen destacada: Martín Bugliavaz.


