Lisboa, el detonante de un amor por el desconocido Portugal
En el mundo del periodismo hay una máxima que restringe la redacción en primera persona. Pero, afortunadamente, la excepción a esa regla la representa el periodismo de viajes, que le permite al periodista narrar una crónica desde ese punto de vista tan personal y, de esa manera, valerse de sus cinco sentidos. Algo que en esta ocasión se torna fundamental para mí, pues los protagonistas de esta historia son Lisboa y Portugal.
EL CONTEXTO: UN CONOCIMIENTO ESCASO SOBRE EL MUNDO LUSO
Digo que es fundamental porque esta crónica es, tal vez, la más personal que he escrito hasta el momento debido a que con Portugal me ocurrió algo totalmente inesperado: descubrir una verdadera maravilla. Y al decir esto probablemente usted, lector, se esté preguntando por qué fue algo inesperado si a Portugal le sobran características para ser considerado un país imperdible. Pues lo cierto es que usted tiene razón, pero, lamentablemente, en mi tierra poco se habla de Portugal.
Desconozco cómo será en el resto de Hispanoamérica, pero en la Argentina poco se habla de Portugal. Más allá del escaso espacio que ocupa el rol del Imperio portugués en los temarios de historia de las escuelas, no se suele tener a la tierra de Camões tan en consideración como ocurre con otras naciones europeas como España, Italia, Francia o el Reino Unido.
Mientras que España e Italia son los que más se encuentran presentes en el día a día por su importancia para la confección de la idiosincrasia argentina, Francia y el Reino Unido siempre aparecen de una forma u otra debido a sus conquistas a lo largo de la historia o de la belleza natural y artificial de sus territorios. Portugal, en cambio, no cuenta con ese marketing y, debido a eso, Lisboa fue la encargada de introducirme en la esencia de una nación que enseguida logró fascinarme.

EL CASCO HISTÓRICO, UN DELEITE PARA LOS OJOS
Entre la belleza y la dejadez
A Lisboa llegué en autobús en lo que fue mi primer viaje por ese medio en Europa. Después de alrededor de ocho horas, arribé a la Estação de Oriente y, desde allí, caminé sin prisa hacia el caso histórico de la ciudad. Me tomó un buen tiempo llegar y en el medio, además, me detuve por el bonito Museo Nacional del Azulejo, que está asentado en el antiguo edificio del Convento da Madre de Deus y que expone una interesante colección de la artesanía lusa más famosa.
Luego de dejar atrás el museo, poco a poco empecé a entrar en el caso viejo y, por consiguiente, a caer rendido ante la belleza lisboeta. Las cuestas, el tranvía amarillo, la proximidad a ese río Tajo que tan mencionado se encontraba en la poca literatura que había leído y, sobre todo, los edificios. Tal vez sea difícil comprender qué es lo que hace tan especial a la parte más antigua de Lisboa sin verla con ojos propios, pero sus edificaciones tienen algo único. Es una mezcla de una muy distinguida arquitectura con un mal mantenimiento que dan la sensación de que se está entrando a un lugar un tanto dejado que, en otros tiempos, supo ser la capital de un imperio que se expandió a lo largo y ancho del mundo.






Alfama, la joya céntrica
Y si hablamos del centro histórico de la capital portuguesa, es imposible no destacar al barrio más especial de su geografía: Alfama. ¿Por qué? Sencillamente porque en él se plasma todo lo que caracteriza a esta parte de la ciudad: edificios bonitos pero muy viejos, el típico tranvía amarillo que te ayuda a no ser derrotado por las pendientes y unos miradores que brindan una vista panorámica espectacular no sólo del Tajo, sino también de los anaranjados tejados de esas casas apiñadas tan características del barrio.
Y si hablamos de miradores, podemos mencionar el Miradouro das Portas do Sol con sus vistas de los mencionados tejados o el Miradouro de Santa Luzia, que además endulza los ojos con los azulejos portugueses. Pero hay más, porque en Alfama también se podrá encontrar el Castillo de San Jorge, la Catedral de Lisboa, el Panteón Nacional y la pintoresca Casa dos Bicos. Y eso sin mencionar al fado, que está presente por doquier dotando de aún más nostalgia al barrio y que incluso tiene un sitio que repasa su historia: el Museo del Fado.
El hipnotizante tranvía amarillo
Antes lo mencioné al paso, pero el tranvía amarillo lisboeta merece un apartado propio. Porque, a pesar de que la ciudad cuenta con unidades modernas en las afueras del casco viejo, los que están adentro lograr el mismo efecto que todo lo demás de aquel barrio: trasladarte a otra época.
Porque esos coches amarillos del famoso tranvía de la capital portuguesa contrastan con los oscuros edificios por su llamativo color, pero al mismo tiempo su elevada edad combina a la perfección con el barrio antiguo de la ciudad, que parece congelado en el tiempo. Y, aunque suena secundario porque siempre nos enfocamos en su belleza, además son muy útiles pues, tal como recalqué anteriormente, contribuyen a subir por las altamente inclinadas calles del centro.
LAS OTRAS MARAVILLAS ARQUITECTÓNICAS
Más allá de los sitios ya mencionados, también hay muchos otros más que vale la pena visitar en Lisboa. Y algunos de ellos son:
- La Estação de Oriente: inaugurada en 1998 para la Expo ’98, se destaca por un diseño moderno que contrasta con esa romántica antigüedad europea.
- El Puente 25 de Abril y el Puente Vasco da Gama: estas imponentes infraestructuras se amalgaman con el paisaje lisboeta al cruzar el río Tajo.
- La Plaza del Comercio: una enorme plaza céntrica de la capital, que está próxima al Tajo y que se destaca por la bella calzada portuguesa y el colorido Arco da Rua Augusta.
- El Monasterio de los Jerónimos: ubicado en el barrio de Belém, este edificio del siglo XVI representa una interesante visita para disfrutar no sólo de sus muros y columnas, sino también de sus jardines.


EL OMNIPRESENTE TAJO
Seguramente se desprenda de lo que narré hasta el momento, pero si hay un actor que estuvo bastante presente en mi recorrido por Lisboa fue el río Tajo. No sé si la presencia en obras literarias como Tren nocturno a Lisboa o Sostiene Pereira influyeron en mi percepción, pero lo cierto es que mi estadía en la capital de Portugal estuvo sin dudas marcada por él.
Conocido como Tejo en portugués, el río más largo de la península ibérica estuvo a mi flanco izquierdo mientras caminaba desde la Estação de Oriente hasta el centro; más tarde también cobró relevancia en el casco antiguo cuando paré a descansar un rato sobre su orilla tras admirar el amarillo Arco da Rua Augusta; y fue, sin dudas, el protagonista principal junto al Puente 25 de Abril cuando volví a descansar en el Jardim Docas da Ponte de Alcântara tras la intensa caminata desde la estación de autobuses.


BELÉM Y LOS PASTELES DE NATA
Como mencioné con antelación, en Belém se encuentra el magnífico Monasterio de los Jerónimos. Sin embargo, también allí está la Torre de Belém, una antigua construcción militar asentada en la desembocadura del Tajo y que fue declarada Patrimonio Histórico de la Humanidad. Un sitio que no se puede dejar de visitar por su historia, pues fue importante para el desarrollo del Imperio portugués, y por sus bonitas vistas del río.
Pero, además, Belém es la cuna de los pasteles de nata, el famoso dulce portugués. Yo no sólo no los había probado, sino que tampoco los había escuchado nombrar antes. No obstante, el conocerlos fue un antes y un después en mi vida, pues hoy son uno de mis dulces favoritos y no puedo dejar de comerlos cada vez que vuelvo a Portugal.
También conocidos como pastéis de nata o directamente pastéis de Belém por su geografía de origen, estos dulces trascendieron el barrio lisboeta y ya son todo un símbolo de la gastronomía portuguesa. Así, recorriendo cualquier parte de Lisboa pero particularmente el centro, será posible toparse con un sinfín de comercios que los venden. Y, acorde a mi experiencia, puedo asegurar que en todos ellos estaban espectaculares.


LA CEREZA DEL POSTRE: LA PLAYA
Si a todo lo desarrollado hasta acá le podía faltar algo, otro de los grandes atractivos de Lisboa se encarga de solucionarlo: las playas.
Aunque no sean tan reconocidas como las del Argarve portugués —que son increíblemente hermosas—, las playas lisboetas cumplen eficazmente la función de refrescar y se convierten en el escape ideal del cemento de la ciudad. Algo que, por supuesto, en pleno verano europeo, como fue mi caso, se agradece muchísimo más.
Yo fui particularmente a la de Carcavelos, en la costa de Estoril y Cascais, que es la más accesible desde el centro de Lisboa. Sin embargo, hay muchas más dentro de esa misma costa (como la de Santo Amaro, Rainha, Conceição y Guincho) y en otras costas como la de Caparica (Praia da Mata y Praia de São João), la de Sintra (Praia de la Adraga, Praia de la Ursa o Praia das Azenhas do Mar) o la del Parque Natural de la Arrábida y Sesimbra, cuyas playas son más silvestres.
UN EXTRA MUY PERSONAL: EL FÚTBOL Y EL SPORTING
Cuando dije que pocas cosas conocía de Portugal, no mencioné que el fútbol era una de ellas. Crecí viendo jugar a enormes futbolistas portugueses como Figo, Quaresma o Cristiano Ronaldo, y en torno a este último desarrollé un fanatismo que también colaboró en cierta forma con el acercamiento a la cultura portuguesa.
Esos tres jugadores compartían, además de un enorme talento y temperamento, algo en común: todos se formaron en las divisiones juveniles del Sporting Clube de Portugal, una de las tres grandes instituciones futbolísticas portuguesas junto al Benfica —también lisboeta— y al Oporto. Por eso, estando en Lisboa no podía dejar de visitar el José Alvade, el estadio donde hace las veces de local.
Y la experiencia no podría haber sido mejor, pues no sólo presencié un sólido triunfo de Los Leones, sino que también fui testigo de cómo ese bonito estadio inaugurado en 2003 vibraba con decenas de miles de simpatizantes que le aportaban aún más verde y blanco a sus modernas e imponentes gradas.
UNA VALIOSA PUERTA HACIA PORTUGAL
Los tres días que estuve en mi primera vez en Lisboa no fueron suficientes para conocer todo lo que tenía ganas de ver en la capital portuguesa. Sin embargo, esas escasas 72 horas sirvieron perfectamente para enamorarme de esa cultura de Portugal que tan desconocida me era y que, al día de hoy, de una forma u otra —a través de la literatura, de la música o del fútbol— se encuentra cada vez más presente en mi vida.
Imagen destacada: Martín Bugliavaz.






