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Arsenal campeón: una prueba de que los resultados son los frutos de un proceso

El Arsenal se convirtió el pasado martes en el nuevo campeón de la Premier League tras el empate 1-1 del Manchester City ante el Bournemouth. Lo hizo sin jugar pues el equipo de Guardiola debía ponerse al día con un partido pospuesto, algo que no permitió el festejo dentro del campo. Sin embargo, eso no le quitó ni un poco de brillo a la meritoria conquista del cuadro londinense.

En una época en la cual los procesos futbolísticos se ven cada temporada más afectados por aquellas presiones relativas a los resultados, el caso del Arsenal es una excepción que da gusto ver. Es así porque la escuadra por Mikel Arteta juega decididamente bien, desplegando un fútbol organizado y ofensivo, pero también porque lo viene haciendo ininterrumpidamente desde que el español tomó las riendas del equipo en mitad de la temporada 2019/2020. Desde ese entonces, los Gunners finalizaron dos veces en la octava posición, una vez en la quinta y tres veces consecutivas en la segunda hasta que finalmente esta temporada pudieron gritar campeón. Y eso sin contar, además, la FA Cup (2020) y las dos Community Shields (2020 y 2023) obtenidas en paralelo.

Esa concatenación de segundos puestos en la Premier League le valió al Arsenal un sinfín de burlas que, lamentablemente, son también un reflejo de ese mismo exitismo que permite que los proyectos futbolísticos se reinicien constantemente tras rodar la cabeza de un entrenador. Porque el club inglés, tal como lo hizo décadas atrás con el francés Arsène Wenger —quien también obtuvo tres subcampeonatos consecutivos antes de conquistar la Premier— entendió que no había que ver esas medallas de plata como sinónimos de fracasos, sino como indicios de que el camino transitado era el correcto. Un camino en el cual, valga la aclaración, se topó con una bestia negra encarnada por el Manchester City, un club que desde hace casi veinte años es propiedad de fondos cataríes y que, a pesar de las regulaciones de la Football Association, durante mucho tiempo se nutrió de las ventajas financieras de tener un país rico en petróleo como sostén.

Mikel Arteta, el cerebro detrás del Arsenal campeón. Foto: Arsenal Football Club.

El último desafío que le queda por afrontar al Arsenal en esta temporada es nada más y nada menos que la final de la Champions League, un certamen que nunca ganó y el que paradójicamente se enfrentará a otro club-estado: el Paris Saint-Germain. La lectura de las redes sociales indica que el mundo del fútbol prevé un nuevo subcampeonato para los británicos y que los memes para la ocasión ya están preparados. Sin embargo, tamaño evento plantea un serio interrogante: ¿sería un fracaso para el Arsenal caer en la máxima de las finales europeas de clubes? Y, particularmente, ¿lo sería si consideramos que enfrente estará un equipo que recibió inversiones cataríes al punto tal de revertir todas las estadísticas y cambiar radicalmente las estructuras de dominio del fútbol francés?

El debate está abierto y, seguramente, muchos dirán que, más allá de todo cuestionamiento, de los segundos nadie se acuerda. No obstante, aquella afirmación es una falacia, pues a los subcampeones que intentan hacer las cosas bien a través del buen fútbol y de las apuestas por los procesos, sí que se los recuerda. Ocurrió, por ejemplo, con aquella selección neerlandesa de los años 70 comandada por Cruyff, y sin dudas volverá a ocurrir si este Arsenal de Arteta no llega a levantar la «orejona».

Imagen destacada: Premier League.

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