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«El ciudadano ilustre»: cuando la realidad supera a la ficción

Tras ver una película, decir que la realidad supera a la ficción es casi un pecado para un periodista, puesto que desde que se empieza a formar se le indica que es necesario evitar las frases hechas. Sin embargo, hay obras que cuentan de manera tan elocuente lo que ocurre en una sociedad que el lugar común se vuelve ineludible.

Eso es exactamente lo que pasa con El ciudadano ilustre, un trabajo de los directores Gastón Duprat y Mariano Cohn estrenado en 2016 y ganador de múltiples premios. De hecho, tan buenas fueron sus críticas que fue seleccionada para representar a la Argentina en la categoría «Mejor película internacional» de los célebres Premios Óscar.

Trailer oficial de «El ciudadano ilustre». Video: Buena Vista Internacional Latinoamérica (YouTube).

Pero, ¿por qué tales logros? Sencillamente porque cuenta en 118 minutos la decadencia que envuelve a la sociedad argentina, a la que expone con variados ejemplos a lo largo de todo el largometraje, que tiene como protagonista al ficticio escritor veterano Daniel Mantovani, interpretado por el experimentado Oscar Martínez.

Ya desde el comienzo el film da un mensaje, pues, a través de la obtención del Premio Nobel de Literatura por parte de Mantovani, los guionistas ponen sobre la mesa la injusta falta de ese galardón en el historial de Jorge Luis Borges, uno de los máximos exponentes de la literatura argentina y universal, al cual el propio Mantovani hace referencia en su discurso de agradecimiento.

De todas formas, el mensaje principal se manifiesta a partir de que Mantovani, que reside en Europa desde su juventud, decide volver a su país para ser declarado ciudadano ilustre del pueblo de Salas. Una decisión difícil de entender incluso para el mismo personaje, que se alejó de su pueblo a los veinte años con la idea de nunca más volver pues consideraba que la gente de allí no tenía futuro.

«La mejor política cultural es no tener ninguna. Siempre se considera a la cultura como algo débil, frágil, raquítico, que necesita ser custodiado, protegido, promovido y subvencionado. La cultura es indestructible, capaz de sobrevivir a las peores hecatombes».

Daniel Mantovani en «El ciudadano ilustre» (2016)

La película, entonces, empieza a mostrar lo acertado que estaba Mantovani en las razones que lo impulsaron a abandonar su país. Ya desde su arribo la decadencia lo invade al ser recibido por un desagradable chofer que maneja un auto en malas condiciones y que, además, no está habilitado para el traslado de pasajeros. Mala señal para un regreso después de cuarenta años al lugar que lo impulsó a irse.

Sin embargo, eso no es todo. A medida que el personaje de Mantovani se vuelve a encontrar con Salas, va descubriendo que nada cambió allí. El pueblo que inspiró todas las novelas que lo hicieron un reconocido escritor seguía con esa misma idiosincrasia que deprime al protagonista de la historia, quien rápidamente empieza a tener inconvenientes con sus coterráneos debido a sus diferencias éticas.

Todo en el relato evoca a costumbres que, lamentablemente, se pueden apreciar en la cotidianidad de la sociedad argentina. Desde el personaje que se enfada con Mantovani porque su cuadro no fue elegido ganador en un concurso de arte (Florencio Romero) hasta aquel que aprovecha la visita del flamante ciudadano ilustre para pedirle una nueva silla de ruedas para su hijo —alegando, como no podía ser de otra manera, que está desempleado—, pasando también por el intendente del pueblo, que busca sacar ventaja política de la presencia del escritor en el lugar.

El cartel oficial de «El ciudadano ilustre».

El desenlace muestra a un Mantovani arrepentido de haber vuelto al pueblo que decidió abandonar en su juventud, a tal punto que devuelve la medalla que lo distingue como ciudadano ilustre tras denunciar las irregularidades existentes en el concurso de arte —en el cual, por obra del intendente, se eligió como ganadora la obra de Romero— y dedicarle unas duras palabras a los habitantes de Salas, a los cuales llama «hipócritas y estúpidamente orgullosos de su ignorancia y su brutalidad».

El ciudadano ilustre es otra obra maestra sociológica de Duprat y Cohn, que también crearon la aclamada El hombre de al lado. Aunque, esta vez, fueron un poco más allá e incluso publicaron un libro homónimo a la película, que hace referencia a la novela que el protagonista publica al final del film con todos los sucesos de su paso por Salas. De hecho, el autor de la novela real es el propio Daniel Mantovani, como para sumergirse de lleno en el ambiente que plantea la película.

El profundo tema tratado en el largometraje se complementó con la sólida interpretación del protagonista, Oscar Martínez, que logró transmitir aquellos sentimientos que vive su personaje, como el orgullo, la depresión, la decepción y la indignación. Y tal vez el momento que mejor demuestre eso es el discurso que su personaje da tras denunciar el arreglo en el concurso de pintura, en donde expone a los funcionarios públicos que quieren obtener beneficios políticos a través de la cultura. Algo que, claramente, excede a una mera película.

El libro que derivó de la película. Foto: Martín Bugliavaz.

«La mejor política cultural es no tener ninguna. Siempre se considera a la cultura como algo débil, frágil, raquítico, que necesita ser custodiado, protegido, promovido y subvencionado. La cultura es indestructible, capaz de sobrevivir a las peores hecatombes. Creo que la palabra cultura sale siempre de la boca de la gente más ignorante, más estúpida y más peligrosa», define el personaje encarnado por Martínez sin pelos en la lengua. Los directores entendieron todo.

Imagen destacada: Disney+.

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