El equilibrio de Montevideo: entre la paz de Colonia y la vorágine de Buenos Aires
Colonia del Sacramento, para todo aquel que viva en Buenos Aires, es la alternativa ideal para un descanso de la vorágine porteña. Sin embargo, para períodos largos la uruguaya ciudad colonial puede percibirse como algo escasa de movimiento para quien esté acostumbrado a una vida más movida. Es en ese contexto que, más al sur, aparece una metrópolis que se presenta como un adecuado balance entre Buenos Aires y Colonia: Montevideo.
Desde la perspectiva de quien escribe estas líneas, una persona que vivió casi treinta años en Buenos Aires, la comparación de la capital argentina con su par uruguaya, Montevideo, es inevitable. Y tiene su lógica, en realidad, pues la Argentina y el Uruguay son países hermanos y, por ende, las similitudes de todo tipo entre ellos están a la vista.










UN BREVE REPASO HISTÓRICO: LA CONEXIÓN CON COLONIA Y CON BUENOS AIRES
Tal como ocurrió con Colonia, que fue la primera ciudad fundada por europeos dentro del territorio que actualmente forma parte de Uruguay, Montevideo nació por iniciativa de los portugueses. Eso ocurrió en 1723, cuando el Imperio portugués comenzó a construir una fortificación en la base del Cerro de Montevideo bajo las órdenes del maestre de campo Manuel de Freitas da Fonseca. Sin embargo, y también al igual que Colonia, poco tiempo más tarde la actual capital uruguaya terminaría en manos españolas, perteneciendo primero al Virreinato del Perú y más tarde al Virreinato del Río de la Plata.
Del Virreinato del Río de la Plata también formaba parte Buenos Aires, que hacía las veces de capital y, por ende, de ciudad más importante. Precisamente este detalle fue uno de los puntos de conflicto entre Buenos Aires y Montevideo, pues la relevancia del puerto montevideano llegó a despertar rencores en el otro lado del río, donde no veían con buenos ojos el destacado papel que Montevideo adquiría por ser un enclave logístico para el tráfico marítimo.
Estas rispideces entre porteños y montevideanos se mantendrían a lo largo del tiempo al punto tal que, cuando en Buenos Aires se declaró la independencia del Imperio español, Montevideo siguió fiel a la corona. Esta lealtad la llevó a convertirse brevemente en la capital del Virreinato del Río de la Plata, pero al mismo tiempo motivó distintas invasiones por parte de los revolucionarios que luego terminarían creando la República Argentina y también por parte del Imperio portugués, pues ambos se disputaron el territorio de lo que actualmente es Uruguay, que declaró a Montevideo como su capital tras conquistar su independencia definitiva en 1925.






UN RECORRIDO POR LA CAPITAL URUGUAYA: LA TRANQUILIDAD Y LA ARQUITECTURA, LOS EJES PRINCIPALES
Teniendo en cuenta el contexto histórico, es razonable que Montevideo y Buenos Aires se parezcan. Primero porque formaron parte del mismo estado durante muchos años y segundo porque más tarde ambas recibieron un sinfín de inmigrantes europeos que moldearon la idiosincrasia tanto del Uruguay como de la Argentina.
Es por ese motivo que, para un periodista porteño, recorrer las calles montevideanas fue casi como hacerlo en esas vías porteñas que tanto había desandado durante décadas. La lógica del trazado urbano y la señalética son prácticamente iguales, los nombres de muchas arterias viales son los mismos y hasta la arquitectura de estilo europeo es una coincidencia. Caminar por la montevideana Avenida 18 de Julio te traslada, por su nombre, a la porteña Avenida 9 de Julio; la Plaza Independencia, con la escultura del héroe patrio uruguayo José Gervasio Artigas te recuerda a la Plaza San Martín de Buenos Aires, donde se erige la figura del héroe patrio José de San Martín; y ver el bonito Palacio Salvo, por supuesto, te trae a la mente a su hermano gemelo porteño, el Palacio Barolo.
De todas formas, Montevideo tiene algo que la caracteriza: la tranquilidad. Pero no una tranquilidad como la que posee su hermana Colonia, sino una distinta, que te permite disfrutar de una ciudad viva y con el movimiento lógico de una capital pero sin sentirte bombardeado por un sinfín de esos estímulos que al final del día pasan factura en tu cabeza.
En Montevideo hay autos, hay gente, hay bares y todo lo que tiene que haber en una ciudad grande. No obstante, lo que parece no haber es caos. Uno puede ir por la ya mencionada 18 de Julio, una vía grande y con bastante tránsito, pero sin sentir ni bocinazos ni insultos. Uno puede ir a la también mencionada Plaza Independencia, que es un punto neurálgico, y no por eso se va a sentir incomodado por el bullicio. O, incluso, puede ir a la Ciudad Vieja, donde la aglomeración de bares y de gente es más alta, y disfrutar de un ambiente agradable en el cual todo el mundo parece estar relajado.
Además, si lo que se busca es una paz aún mayor, en Montevideo también es posible encontrarla en un espacio verde que es la joya de la corona: el Parque Rodó. Un pulmón ecológico de 44.000 m2 que le da nombre al bonito barrio homónimo y que representa una refrescante conexión con la naturaleza en el caso de que, por el motivo que fuere, se necesite una desconexión del cemento de la capital.







Como si todo eso fuese poco, Montevideo también cuenta con unas playas de arena limpia y cuidada que terminan de configurar esa esencia que, si se tuviese que describir con una sola palabra, sería «calma». Una calma que, tal vez, sea la característica ideal para alguien que quiera tomar distancia —ya sea temporal o definitivamente— de Buenos Aires sin que el cambio cultural le resulte muy drástico. Aunque, claro está, el cambio de ritmo definitivamente será tan drástico como reconfortante.
Imagen destacada: Martín Bugliavaz.


