Los murales de Belfast: política, guerra civil y una tensión que sigue vigente
Belfast posee vibras de tristeza. De frialdad. Al caminar por sus calles, uno puede sentir ese bajón anímico típico de aquellos países europeos donde la caída del sol es casi un sinónimo de depresión, sin importar la hora en la cual eso ocurra. No obstante, hay una característica de la ciudad que, particularmente, potencia esa sensación: la presencia de una enorme cantidad de murales.
EL ORIGEN DE LOS MURALES: DIFERENCIAS CULTURALES Y CONFLICTOS ARMADOS
Para comprender esta faceta tan particular de Belfast, primero es necesario tratar de comprender su idiosincrasia. Una idiosincrasia que se moldeó a base de diferencias políticas y religiosas y que, lamentablemente, incluyó también conflictos armados.
Actualmente, Belfast es la capital de Irlanda del Norte, que, a su vez, es una de las naciones constituyentes del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte. Sin embargo, lo que hoy es conocido como Irlanda del Norte hasta 1922 formó parte de Úlster, una provincia que integraba el Reino de Irlanda. Aquel reino era el estado que contenía los territorios de la Irlanda del Norte y de la República de Irlanda que conocemos hoy en día, y que también constituía el Reino Unido (que en ese entonces se llamaba Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda).
La división política de 1922 se firmó después de un conflicto bélico conocido como Guerra de Independencia irlandesa, que tuvo como raíz el sentimiento antibritánico que la mayoría de los irlandeses poseían. Pero ese sentimiento, al ser mayoritario, naturalmente no incluía a todos los habitantes de la isla. Más precisamente en el norte, una porción considerable de irlandeses sí veía con buenos ojos seguir perteneciendo al Reino Unido, por el cual sentían más afinidad, entre otras cosas, debido a la religión: mientras que allí en líneas generales se profesaba el protestantismo, en el resto del Reino de Irlanda ocurría lo propio con el catolicismo.
Fue así que la provincia de Úlster finalmente terminó dividiéndose para formar parte de ambos territorios: tres condados pasaron a integrar la católica República de Irlanda (Cavan, Donegal y Monaghan) y seis permanecieron en el Reino Unido ya como territorios de la protestante Irlanda del Norte (Antrim, Armagh, Down, Fermanagh, Derry/Londonderry y Tyrone). De todas formas, la modificación política de la isla de Irlanda no zanjó la problemática de las diferencias sociales. Por el contrario, la división del Úslter no hizo más que potenciarla, pues en Irlanda del Norte también quedaron irlandeses católicos que, a partir de 1922, comenzaron a denunciar discriminaciones en favor de los irlandeses protestantes.
El punto de inflexión de ese conflicto interno entre los irlandeses se produjo a finales de la década de 1960, cuando estalló lo que hoy en día se conoce como Conflicto norirlandés (o The Troubles, en inglés). Se trató de una revuelta social que surgió debido a una represión policial hacia una manifestación católica en la ciudad de Derry y que causó tanto impacto en la sociedad irlandesa que propició el surgimiento de fuerzas paramilitares republicanas (como el Ejército Republicano Irlandés Provisional, más conocido como IRA por su nombre en inglés, Provisional Irish Republican Army) y unionistas (como la Fuerza Voluntaria del Úlster o UPV por Ulster Volunteer Force, su denominación original) que se enfrentaron durante tres décadas dejando como consecuencia la pérdida de más de 3000 vidas.



LOS MURALES: TESTIMONIOS DE HERIDAS QUE CONTINÚAN ABIERTAS
A pesar de que el fin de los enfrentamientos armados llegó el 10 de abril de 1998 con la firma del Acuerdo de Viernes Santo (también conocido como Acuerdo de Belfast), en Irlanda del Norte actualmente es posible hallar murales que dan cuenta de cuán profundo fue el daño que aquel conflicto causó en la sociedad.
Aunque también están presentes en Derry, los murales de Belfast, la capital, son los más representativos. No sólo porque allí se produjo la mayor cantidad de enfrentamientos entre ambos bandos, sino que, además, hasta se llegó a crear un muro para dividir a católicos y protestantes y así intentar que ambos lados viviesen en paz. Algo que, por supuesto, lejos estuvo de funcionar.
Caminar hoy por Belfast es como sumergirse en un documental que narra la historia de la ciudad, del país e incluso más allá. Porque los murales, que se concentran mayoritariamente en la zona oeste (West Belfast), representan hechos o personalidades específicas que formaron parte de los Troubles pero también hacen alusión al pasado en común de las dos Irlandas, a la Gran Hambruna irlandesa y, por supuesto, a la conquista por parte del Reino Unido.
Entre los puntos más destacados podrían mencionarse el mural de Bobby Sands (un miembro del IRA que murió en una huelga de hambre) o el Muro de la Paz (Peace Wall), pero lo cierto es que los ejemplos son muchos y variados, pues también es posible encontrar murales políticos que no hacen una referencia particular al conflicto entre los irlandeses, sino que están enfocados hacia otros conflictos sociales tanto de Irlanda como del resto del mundo. De todas formas, y a pesar de los distintivos que los hacen especiales, todos ellos tienen algo en común: la sensación que transmiten.
Adentrarse en el oeste de Belfast implica sumergirse directamente en la identidad irlandesa, pues los murales hacen sentir a quien anda por allí que las heridas aún siguen abiertas. Tal vez el ejemplo más representativo lo constituya el Jardín del Recuerdo (Garden of Remembrance, en inglés), un memorial dedicado a los miembros del IRA asesinados y en donde la atmósfera se percibe tensa. Porque tanto dentro como en los alrededores del jardín se palpa la solemnidad, la melancolía y la tristeza de un barrio en el cual los locales miran con ojos escrutadores a los curiosos de fuera que andan merodeando por allí.










Podría decirse que el West Belfast es hoy una especie de museo urbano en el cual el visitante encontrará testimonios correspondientes tanto al bando republicano como al bando unionista de una Irlanda del Norte que perdió a muchos hijos de sus entrañas. Unos hijos a los cuales no quiere dejar en el olvido, pues su recuerdo representa la identidad de un pueblo que intenta vivir en paz después de los horrores sufridos debido a la guerra.
Imagen destacada: Martín Bugliavaz.



